Ahogo


La sábana de lágrimas que cubría mis pestañas se camuflaba con las finas gotas de agua que caían sobre mi cabeza. Intentaba mirar hacia arriba y ahogarme, pero la abundancia de aquel líquido transparente no era suficiente como para conseguirlo. Lástima que no tenga bañera.


Al otro lado de la puerta del baño se encontraba ella, probablemente en la misma posición en la que la había dejado hacía apenas unos minutos: sentada sobre la cama, llorando. Sus sollozos se oían a través de la fina ranura dela puerta. No podía evitar sentirme culpable por toda esta situación, pero ya no sabía que más hacer. ¿Realmente merecía todo eso? ¿Merecía estar aguantando los gritos y los platos rotos? ¿Merecía ver día tras día las paredes golpeadas y las gotas de sangre en el lavabo? Y, lo más importante de todo… ¿Me lo merecía yo también?

Ella jamás entendió por qué lo hacía, y, sinceramente, creo que yo tampoco. En un instante soy la persona más feliz del mundo junto a esa chica, y al segundo siguiente una voz en mi cabeza me pide que de un puñetazo a la pared por cualquier tontería.

Siento que me ahogo dentro de mí.

Siento que debo romperme para poder liberarme, liberarnos, de esta agonía que es nuestro día a día.

Pero no puedo.

No puedo.

Intenté pedir ayuda, pero me dijeron que así es como funciona, como ellos lo definen: indescifrable, doloroso y, sobretodo, cruel. Algo que, irónicamente, a ambos nos hace felices.





Comentarios

Entradas populares de este blog

Espuma